El conejo blanco

Estaba aburrida, a pesar de ello, se le veía hermosa vestida de celeste y blanco. No usaba ese enterizo desde hace mucho tiempo.
Entonces lo escuchó.
-¡Deprisa, que tarde es! ¡Voy muy retrasado!
Sus ojos no lo creían, había regresado, quizás por fin tendría la oportunidad de hacer un tercer viaje.
Sin pensarlo Alicia siguió al conejo blanco, quién como en las anteriores ocasiones traía consigo un reloj, ahora también una pequeña brújula. Observaba ambas sin detenerse.
Las fuerzas le faltaban, alcanzarlo parecía una tarea imposible, él corría a gran velocidad. Pero la curiosidad dentro fue más fuerte, tenía que conocer a sus acompañantes, cinco esponjosas crías.
Hasta que por fin, cruzada la madriguera, se detuvieron. Ya al otro lado se acercó a felicitarlo por tal dicha cuando vio que de pronto todos medían tres metros, la rodearon gruñiendo furiosos, con garras y dientes afilados se lanzaron a despedazarla. Otra impostora que tarde supo que la fantasía a veces la vida cuesta.

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